A lo largo de la historia, en Francia se han registrado movilizaciones estudiantiles, como las ocurridas en 1968, 1990 y 1998. En 2026, desde finales de septiembre, estudiantes del Liceo (equivalente a Nivel Medio Superior) bloquearon escuelas en la periferia de París y la protesta se ha ido extendiendo a todo Francia. Más allá de la crónica de los disturbios en los medios de comunicación, las demandas estudiantiles se centran en la exigencia de acabar con los recortes presupuestarios y la escasez de maestras y maestros frente a grupo, así como una menor saturación en las aulas, en edificios habitables y clases sin un calor sofocante.
Las causas están a la vista. Los sindicatos calculan que, al iniciar el curso, cerca de la mitad de las escuelas carecía de personal docente. A eso se suman aulas sobrecalentadas, grupos numerosos y horarios mal armados. Y detrás, un Presupuesto de ajuste que el Gobierno prepara para el próximo año. Las y los jóvenes franceses entendieron algo que las personas solemos olvidar: las decisiones presupuestales se sienten primero en el salón de clases.
La respuesta oficial refleja otro problema. El Gobierno acusó al Partido La Francia Insumisa, de extrema izquierda, de atizar el conflicto; la Policía entró en escena y las primeras decisiones se prometieron para fines de octubre.
Se han documentado las cadenas humanas de madres y padres de familia, así como de docentes, para proteger a las y los estudiantes de represalias y detenciones policiacas. Se debe tener claro que cuando una generación bloquea su propia escuela, algo ya falló antes: la escuela dejó de ser el lugar donde se confía en el futuro.
El contexto agrava el riesgo. A siete meses de la elección presidencial, con la extrema derecha al frente en los sondeos, cada semana sin respuesta alimenta el desencanto de quienes pronto votarán.
El 8 de septiembre, la OCDE publicó los resultados de 2025: Francia obtuvo 458 puntos en matemáticas, 456 en lectura y 483 en ciencias, cifras entre las más bajas de su historia en la prueba, aunque cercanas al promedio de la OCDE, que también retrocede. Las y los estudiantes de alto rendimiento pasaron de 13% en 2015 a 5%, y entre las personas más favorecidas y desfavorecidas hay una brecha de unos cien puntos en ciencias.
Sería simplista decir que las protestas son consecuencia de PISA, o al revés. La prueba mide la capacidad de los jóvenes de 15 años para aplicar sus conocimientos y habilidades a situaciones de la vida real y no explica por sí sola un movimiento con raíces políticas y presupuestales. Pero ambos fenómenos se iluminan mutuamente. El descenso de los resultados y la indignación en las calles hablan de un sistema que exige más al estudiantado mientras ofrece menos condiciones para aprender. El Gobierno francés se fijó superar el promedio en 2029; es difícil creerlo si el año empieza con aulas sin personal docente.
México y el mundo también tienen el reto: la calidad educativa no se decreta, se construye con personal docente, escuelas dignas e igualdad de oportunidades y más lectura. Sabemos lo que es un aula sin el profesorado o una escuela sin condiciones mínimas. Y cuando las juventudes sienten que se les falla, tarde o temprano lo expresan. Ese es el verdadero examen: no el que aplica la OCDE cada tres años, sino el que las juventudes plantean a sus gobiernos. Francia tiene hasta fin de mes para demostrar que sabe escuchar.
@ClauCorichi
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