Las remesas son mucho más que un flujo de divisas. Representan el esfuerzo de millones de mexicanas y mexicanos que, desde el extranjero, sostienen a sus familias y contribuyen al desarrollo económico del país. Detrás de cada envío hay trabajo, sacrificio y un compromiso que trasciende las fronteras.
Los datos del Banco de México muestran que, pese al endurecimiento de la política migratoria estadounidense, las remesas mantienen su fortaleza. Durante el primer semestre de 2026 ingresaron al país 30 mil 759 millones de dólares, 3.1% más que en el mismo periodo de 2025, con un promedio por remesa de 405 dólares. Tan solo en junio se recibieron 5 mil 472 millones de dólares y más del 99% de los envíos se realizaron mediante transferencias electrónicas.
Estas cifras son relevantes ante el incremento de los operativos del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) y la incertidumbre que enfrentan millones de personas trabajadoras mexicanas en Estados Unidos. Las remesas reflejan la resiliencia de quienes continúan respaldando a sus familias en condiciones adversas.
Las remesas también tienen un rostro de mujer. En miles de hogares ellas administran estos recursos para alimentación, educación y salud. De acuerdo con el Inegi, 29.9% de las mujeres de 12 años y más dedica tiempo de manera exclusiva y sin remuneración al cuidado de otra persona integrante del hogar. Asimismo, la Cuenta Satélite del Trabajo No Remunerado de los Hogares estima que estas labores equivalen a alrededor del 26% del PIB. Las remesas fortalecen esa economía del cuidado, cuyo valor sigue siendo insuficientemente reconocido.
En este contexto, el debate en Estados Unidos sobre gravar las remesas es significativo. La propuesta inicial planteó un impuesto de 5%; finalmente se aprobó una contribución del 1% para determinados envíos en efectivo. Aunque el impacto directo para México es limitado, el precedente preocupa: las remesas comienzan a utilizarse como instrumento fiscal.
México debe defender el derecho de sus connacionales a disponer libremente del fruto de su trabajo. También debe reconocer una realidad incómoda: millones de familias dependen del ingreso generado fuera del país ante la falta de oportunidades suficientes.
Las remesas sostienen hogares y fortalecen el tejido social. Son también el reflejo de dos trabajos históricamente invisibilizados: el de quienes migran y el de millones de mujeres que cuidan sin remuneración. A las mexicanas y mexicanos migrantes les debemos mucho: con su trabajo y sus remesas contribuyen al bienestar de sus familias y al desarrollo económico del país.
Proteger las remesas frente a medidas restrictivas es indispensable, pero no basta. El verdadero desafío es construir un México donde migrar sea una opción y no una necesidad, y donde cuidar no recaiga desproporcionadamente sobre las mujeres. Reconocer el valor económico y social de los cuidados exige asumirlos como responsabilidad compartida.
Por ello, México debe avanzar hacia una política nacional de cuidados y consolidar un Sistema Nacional de Cuidados que garantice servicios de calidad, reconozca y redistribuya el trabajo no remunerado y permita a las mujeres estudiar, trabajar y construir un proyecto de vida. Las remesas pueden sostener hogares y contribuir al desarrollo del país, pero no deben sustituir los derechos, las oportunidades ni un sistema de cuidados que permita vivir con dignidad.
@ClauCorichi
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